Publicado: 28 de Noviembre de 2018

Cómo trabajan los CSI españoles.

En 2010 la policía científica resolvió 21.500 crímenes. Sofisticadas pruebas de ADN y nuevos métodos de análisis ponen a prueba la audacia de los delincuentes.

25 / 03 / 2011 0:00 POR MIRIAM V. DE LA HERA
http://www.tiempodehoy.com/espana/como-trabajan-los-csi-espanoles/

El edificio poco tiene que ver con una comisaría al uso. Paredes blancas, suelos limpios, mesas llenas de aparatos irreconocibles y personas entrando y saliendo con bata nos indican que acabamos de entrar en las instalaciones de la policía científica. Son agentes de guante blanco, no llevan pistola y trabajan pegados al microscopio. Sin embargo su trabajo es determinante en la mayoría de las investigaciones policiales. Entre julio de 2009 y junio de 2010 la Policía Nacional y la Guardia Civil resolvieron casi 340.000 delitos, un 15% más que el año anterior. El trabajo de la policía científica ha sido determinante en muchos de ellos. Tanto es así que el pasado año se resolvieron 21.500 casos, más del 6% del total, gracias al análisis de ADN, y se pudo identificar a 1.521 autores de delitos.

Y es que el análisis de ADN es la estrella de estos laboratorios. Hasta aquí llegan todo tipo de muestras biológicas recogidas en la escena del crimen: sangre, saliva, esperma, pelos... “Dejamos más rastros biológicos de lo que nos imaginamos”, advierte Elena Rivas, jefa del laboratorio de ADN del Cuerpo Nacional de Policía. Cuando comenzó a funcionar, en 1992, solo analizaban agresiones sexuales; ahora por sus manos pasan también homicidios, robos con violencia o delitos de terrorismo, ya que en un juicio, “si no hay un análisis de ADN es difícil condenar al acusado”, sostiene. Su base de datos cuenta ya con 128.000 perfiles genéticos, que solo el año pasado permitieron resolver 126 homicidios, 176 agresiones sexuales y 918 robos con violencia.

En total, 70 agentes licenciados, en su mayoría biólogos, se encargan de averiguar quién está detrás de cada resto biológico. No se desplazan al lugar de los hechos, pero son los responsables de las pruebas una vez llegan a sus instalaciones. “Nadie cuestiona ya la fiabilidad de un análisis de ADN, pero sí la cadena de custodia desde que se recogió la muestra hasta que se analiza”, explica Rivas.

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A partir de ahí comienza el trabajo del laboratorio. En un estudio preliminar, los investigadores intentan identificar manchas de esperma en las muestras recogidas, ayudados de una luz láser muy similar a la que habitualmente vemos en las series de televisión. Lo mismo ocurre con restos de sangre, saliva o las células del sospechoso que la víctima pueda tener en sus uñas. Esas muestras pasan entonces al laboratorio, para extraer el ADN. Se hace de forma manual en los casos más complejos, como son las agresiones sexuales, en los que es frecuente encontrar unidos el perfil genético de la víctima y del agresor. Para el resto de extracciones cuentan con la ayuda de un robot, aislado de posibles contaminaciones externas.

Cada uno de los casos exige el análisis de una media de 200 muestras biológicas, aunque no significa que todas arrojen resultados. Se priorizan las causas en las que el acusado esté en prisión como son los homicidios, los delitos de terrorismo o las agresiones sexuales, y también la identificación de cadáveres; a la cola se quedan los robos sin importancia, en los que no hay un autor identificado.

Agentes concienciados.

Una vez extraído el ADN es necesario amplificar la muestra, haciendo millones de copias, para después analizarlo. Es uno de los pasos más delicados, ya que existe un alto riesgo de contaminación, y si el resultado aparece mezclado con material genético de otra persona la prueba queda invalidada. Las contaminaciones eran más frecuentes hace unos años, cuando la genética era una gran desconocida: “En el 11-M por ejemplo, las personas que conducían los coches de los sospechosos venían sin guantes –explica Rivas–, pero ahora los encargados de hacer las inspecciones oculares ya están más concienciados”.

Una vez que se obtiene la muestra amplificada ya se pueden sacar los perfiles genéticos. Lejos de la imagen que se da en televisión, no son más que un conjunto de números que representan un cálculo estadístico, único para cada persona. Éstos se cotejan en una base de datos con información genética recogida en otros crímenes, para así poder imputar al detenido delitos que pudiera haber cometido en el pasado.

Los resultados se comparan también a escala internacional y las coincidencias son cada vez más habituales. Existe un acuerdo con varios países, y a través de Interpol es posible compartir información sobre sospechosos de otras nacionalidades. “En 2010 y lo que llevamos de 2011 hemos intercambiado con otros países más de 600 correos electrónicos con información”, apuntan los científicos del laboratorio. Según explica Rivas, si este sistema hubiera funcionado en 1999, se habría podido evitar que el asesino de la joven malagueña Rocío Wanninkhof matara a una segunda víctima cuatro años después.

Más allá del ADN.

Pero el ADN no lo es todo a la hora de resolver un crimen. La búsqueda de huellas dactilares sigue siendo fundamental. Es un método más sencillo, más fácil y más barato, y hay que utilizarlo siempre que sea posible. “A veces se analiza el ADN de delitos en los que no se debería, como por ejemplo un robo en un quiosco, ya que es más cara la analítica que el valor de los productos robados”, explica la jefa del laboratorio.

Además, desde el 2000 han encontrado en los insectos unos fieles aliados: “Se recogen en el lugar de los hechos y permiten una estimación de la fecha y la hora en que se produjo la muerte –explica Ana García-Rojo, facultativa del Cuerpo Nacional de Policía– aunque lo más habitual es hacerlo en la sala de autopsias”. Cuentan también el recorrido que ha hecho el cadáver hasta llegar allí, ya que en su camino ha podido llevarse consigo insectos característicos de otro lugar que luego los agentes identifican en el laboratorio. “Ayudan a establecer una relación entre el sospechoso y el lugar del crimen, y puede ser muy útil para desmontar coartadas”, explica García-Rojo.

Otras veces, cuando los investigadores encuentran esqueletos, existe la posibilidad de analizar el ADN, pero con solo mirar los huesos los agentes pueden saber muchas cosas del fallecido. La pelvis y el cráneo indican el sexo; y la longitud de los huesos largos como el fémur o el húmero puede determinar su estatura. Reflejan además patologías óseas, como fracturas que hayan tenido a lo largo de la vida, y también disparos y otras causas de muerte violenta. Estos datos se cotejan en la base de datos de personas desaparecidas y así consiguen ponerle cara a los huesos.

Y es precisamente la cara la que delata a muchos criminales. “A raíz del uso de cámaras de seguridad, cada vez es más frecuente que tengamos que comparar las características fisionómicas de un sospechoso con una grabación”, explica la agente Ana Téllez. En estos casos se hace un estudio facial para intentar determinar que se trata de la misma persona, un trabajo que no siempre es fácil dada la mala calidad de las imágenes de estos dispositivos.

Su trabajo termina cuando remiten al juzgado el informe con sus conclusiones. Los investigadores evitan tener demasiada información acerca de las diligencias del caso. “Cuanto más a ciegas vayamos, mejor”, explica Rivas. La objetividad es una de las premisas principales de su trabajo. Una conclusión positiva por su parte significa incriminar a una persona en un delito, y por eso han de estar seguros de la participación del sospechoso en los hechos: “No nos arriesgamos, si objetivamente no se puede identificar, no se puede sacar una conclusión”, explica Téllez. A lo que la jefa del laboratorio de ADN añade: “No podemos permitirnos ningún error”.